Los sabios de Alejandría venidos desde distintos puntos, se reunieron en el salón principal para discutir el proceso de evolución humana, según los mapas astrológicos, y distintas máquinas conocidas como eneagramas y otras de cálculos de procesos que luego se llamarían árbol de cábala. Se podían prever grandes desvíos del género que lo pondrían al borde del abismo. Esto ocurriría, se calculaba, a partir de 1914, con el descubrimiento de tecnologías aplicadas a la guerra. Es así, que decidieron abrir brechas a través del espacio tiempo, pidiendo ayuda a otros pueblos, que algún tiempo más tarde llevarían el nombre de Ciudad Escondida, Shambala, el Dorado o Atlántida. Estas ciudades, en realidad, nunca existieron en ese presente, ni en ese pasado, ni en este futuro, sino en tiempos más lejanos, no referidos al pasado y paradójicamente, estuvieron en la copresencia sicosocial de todas las culturas y todos los pueblos.
No muy lejos de allí, en el año 2.300 AC aproximadamente, otro grupo se reunía a recibir el mensaje, desde un lugar que estaba a punto de desaparecer, llamado Alejandría y una de sus principales preocupaciones era resguardar el conocimiento acumulado durante siglos.
Este consejo, llamado también consejo de comunidad o de escuela, decidió entonces, enviar 2.400 mensajeros bioenergéticamente aptos a distintos puntos del planeta, en distintos tiempos, misionados para garantizar el futuro. Estos cumplirían distintas funciones y tendrían distintas características. Pero, lo fundamental de la misión, estaba en generar las condiciones evolutivas que pudieran desviar algunos grados el destino humano de la catástrofe, reorientando la evolución hacia un salto cualitativo.
Se completaría el ciclo con otro salto en el nivel de la conciencia, que en ese momento era de semi-sueño, hacia la conciencia de sí, para luego llegar al estadio de la conciencia objetiva.
En síntesis, si la “escuela” no estuviera entre nosotros, el futuro no sería lo que es hoy.
martes 20 de octubre de 2009
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